
En octubre de 1967, al término de la marcha sobre el Pentágono, Abbie Hoffman intentó derribar el símbolo del militarismo americano. No lo consiguió, pero en aquella ocasión nació Yippie!, engendrado por la fantasía provocativa y efervescente de cuatro padrinos del calibre del propio Hoffman, del antiguo agitador estudiantil Jerry Rubin, del periodista underground Paul Krassner y de Stew Alpert, y rápidamente apoyado por otros personajes como el folk-singer Phil Ochs, el conjunto pop los Fugs, encabezado por los poetas Ed Sanders y Tuli Kupferberg, y la San Francisco Mime Troupe. Lanzados a la creación incesante de mitos con los cuales sustituir los nauseabundos de la bancarrota democrática estadounidense ( " Sed los primeros de vuestra manzana en recibir a vuestro hijo en un ataúd " es uno de los mitos máx extendidos ), los yippies, astutos manipuladores de los medios generalistas, son los desconcertantes hechiceros de la contra-comunicación. El adjetivo apocalíptico es el más apto para describir el mito yippie: una rebelión contínua, cotidiana, fruto de una creatividad exasperada que identifica vida y acción teatral, el épater le bourgeois de la era psicodélica, el impulso que rechaza la lógica y los modelos de comportamiento. Lanzar bolsitas llenas de sangre sobre los coches del séquito del Secretario de Estado Dean Rusk durante su visita a Nueva York; penetrar en la Bolsa de la misma ciudad y apedrear desde lo alto de la galería con puñados de billetes y monedas a los atareados accionistas, suscitando el pánico y la confusión en el sagrado templo del dólar; presentarse a una audiencia de la House of Unamerican Activities Committee, presentarse frente a este símbolo de la represión ciega, vestidos de soldados de la Revolución americana, o de indios, o de Papá Noel. Así son los yippies. " Yippie es el sonido de la insurreción hippie de las calles. "Ha nacido un hombre nuevo que fuma yerba mientras asediaba el Pentágono, pero no había un mito para describirlo. No había imágenes para describir a todos los muchachos de catorce años de Kansas, que tragaban ácido, se dejaban crecer el pelo y abandonaban casas y escuelas. No había imágenes para describir a todos los artistas que abandonan las cárceles de América [ producto del maccartismo ] para vivir y crear en las calles. El marxista alucinógeno, el bolchevique psicodélico. No se encontraba cómodo en la SDS y no era hijo de las flores ni intelectual universitario. Un político antipolítico salido de la LSD. Un híbrido mezcla de la Nueva Izquierda y de hippie que resultaba algo nuevo. Un guerrillero, un vagabundo con el fusil al hombro. Un loco hijo de puta con pelos largos, patillas, cuya vida es teatro, y que crea a cada instante la nueva sociedad mientras destruye la vieja." Jerry Rubin.
La verdadera actividad de los yippies era la contracomunicación de los medios generalistas, el desquiciamiento de cualquier pretendida objetividad de los medios oficiales, la perturbación total de las estructuras y de las categorías mentales "normales", de los periodistas y de los entrevistadores. Es un gran juego, el de los dadaístas psicodélicos. Destrucción de la cultura y de los medios. Transformación de cualquier entrevistas en un show, confiado a veces, a las pullas mordaces, y otras a las acciones escénico-simbólicas, ilógicas, provocativas y efervescentes. [...] Los yippies gustaban de destacar las instancias de transmisión afectivo-visuales; con su «teatro de guerrilla» (happening y teatro invisible) elevaron la «teatralización de la política» a programa y se propusieron realizar el intento más radical -dentro de la izquierda- de estetizar la resistencia política. Un ejemplo sorprendente de esto es el descrito por Abbie Hoffman bajo el lítulo «Media Freaking». Para una manifestación en Nueva York habian repartido siete galones de sangre en pequeñas bolsas de plástico entre los manifestantes. Armados asi, buscaron el enfrentamiento con la policía, y cuando los polícías empezaron a golpear a los manifestantes, éstos se rompieron rápidamente las bolsitas de sangre en la cabeza. Al mismo tiempo encendieron bombas de humo y se oyeron salvas de ametralladora de los radiocassetes que llevaban (Cut-ups de Burroughs). Los paseantes se quedaban mirando la escena. Toda la plaza estaba llena de sangre. Abbie Hoffman estaba convencido de que estas imágenes dirian más y tendrían mayor efecto que algunas pancartas exigiendo el final de la guerra en Vietnam.
Mario Maffi
" La revolución no es la que creéis; no es ninguna organización a la que podáis pertenecer; no es aquello por lo que dais vuestro voto. La revolución es lo que hacéis desde la mañana hasta la noche; es vuestra forma de vivir. " Jerry Rubin








