hombre del siglo X

21 mayo, 2008

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"En contraste, el revolucionario que da la bienvenida a la crítica tiene una mayor flexibilidad táctica. Enfrentado con la crítica de sí mismo, puede cogerla "agresivamente" por sus puntos débiles, refutándola mediante la demostración de sus contradicciones y asunciones ocultas; o puede tomar una postura "no resistente" y tomar sus aspectos más fuertes como punto de partida, que transforma la crítica aceptándola en un contexto más profundo de lo que pretendía. Incluso si el balance de "corrección" es contundente de su parte, puede optar por concentrarse sobre algún error más bien sutil de sí mismo en lugar de hablar constantemente de los errores más obvios de los otros. No critica lo más criticable, sino lo esencial. Se utiliza a sí mismo como un medio de aproximación a cuestiones más generales. Exponiéndose, expone a los otros. Cuanto más concreta y radicalmente se expone un error, más difícil es para los otros evitar confrontaciones similares consigo mismos. Incluso los que más se regocijan al principio por la aparente caída de un enemigo en una especie de exhibición masoquista encuentran pronto su victoria vacía. Sacrificando su propia imagen el revolucionario mina las imágenes de los otros, para exponerlos y avergonzarlos. Su estrategia difiere de la de "subvertir los enemigos con amor" no en que tenga necesariamente menos amor, sino en que tiene más coherencia en su expresión. Puede ser cruel con un rol o una ideología aunque ame a la persona atrapada en ella. Si lleva a la gente a una confrontación profunda, quizás traumática, consigo mismos, atiende poco al hecho de que puedan pensar momentáneamente que es una persona horrible que sólo hace estas cosas por malicia. Quiere provocar a los demás a la participación, aunque sea atrayéndola a un ataque público contra él".

Ken Knabb