La película que más me ha emocionado de las pocas películas de cine mudo que he visto hasta ahora, es El último (1924) de Murnau, que da la casualidad que es la película más "muda" de las tres que vi, ya que no tiene apenas intertítulos (tan sólo seis) que expliquen la trama o cuenten los que dicen los personajes, y a pesar de eso la película se deja ver magistralmente. Su protagonista absoluto es Emil Jannings, que intervino en otras películas de Murnau como "Fausto". Para el conserje del Hotel Atlantis, su uniforme lo es todo. Con él puesto, como si fuera un general de la Marina, abandona cada día su edificio de clase obrera saludando con solemnidad militar a todos los vecinos, en la creencia de que se sienten impresionados por sus galones dorados. Día a día cumple con su cometido en la puerta del Hotel, pero una tarde lluviosa tiene la desgracia de indisponerse después de llevar un pesado baúl hasta el hall del Hotel. Los años no perdonan, y el Director del Hotel tampoco, ya que de una manera fulminante le releva de su puesto, le quita el uniforme y le "destierra" al lugar que ocupa el escalafón más bajo del Hotel: ser el mozo encargado de limpiar y atender los lavabos. Sintiéndose abochornado ante tal degradación, y sin poder reunir el valor suficiente para contar la verdad a su familia, roba el uniforme para acudir al banquete de boda de su hija. A la mañana siguiente, todavía borracho, no tiene más remedio que ocultarlo en la consigna de una estación de tren, y al llegar al Hotel todos le señalan como principal sospechoso del robo. Para rematar sus desgracias, su mujer intenta sorprenderle llevándole el almuerzo al trabajo, pero la sorpresa se la lleva ella al descubrir la nueva realidad de su marido, y el pobre ex-portero, en lugar de comprensión encuentra el rechazo de su mujer, hija y y yerno por entender que les ha mentido. Avergonzados, le echan de casa, y el protagonista regresa cabizbajo al lavabo del Hotel, que presumiblemente será su nuevo hogar a partir de ahora.Según me dijeron en la presentación de la película, Murnau quería hacer un final triste, abandonando al portero a su suerte, sólo y sin familia, trabajando miserablemente en los lavabos, pero la productora no se lo permitió. En un alarde de genialidad y sentido del humor, Murnau explica en un intertítulo que, en la vida real, el futuro del portero sería una muerte solitaria, pero que por suerte, en esta película se le dará una sorprendente oportunidad. Un multimillonario mexicano deja escrito en su testamento que donará toda su fortuna a la persona en cuyos brazos muera, y la suerte quiere que nuestro portero esté junto a él cuando el millonario fallece en los lavabos del Atlantis, convirtiéndose en su único heredero.
En este final alternativo, la escena más emocionante es aquella en la que su protagonista visita el lavabo que poco antes constituyó su limbo personal y sin apenas mediar palabra se funde en un afectuoso abrazo con el mozo que ha sustituido, dejándole a continuación como propina todo el dinero que lleva encima, y rematando toda esta muestra de afecto con un enorme puro. Esto es empatía y lo demás son tonterías. Esta película es considerada por muchos como una obra maestra del cine, no sólo por su guión, sino porque Marnau aplicó técnicas de cámara absolutamente novedosas para la época, de tal manera que, 83 años después de haber sido rodada, resulta totalmente actual.
"Así los últimos serán los primeros, y el primero último:
pues muchos serán llamados, pero pocos serán elegidos."