05 marzo, 2009




Si algo me ha caracterizado a lo largo de mi vida ha sido la alegría. Cuando salgo a pasear
veo edificios feos, árboles secos, grises, que me recuerdan a la vieja Rusia. Siempre se me
ha recordado por una preciosa sonrisa, una impoluta educación, o una capacidad terrible
para estar hablando durante horas. Cuando esto falla, es que algo va mal: me convierto en
un maleducado, incluso con las viejecitas más adorables. Me vuelvo aun más racista todavía
e intolerante con todo. Me dan ganas de quemar almacenes o grandes superficies,
con la gente dentro, por supuesto.

La única solución a todo esto, sea marcharme lejos de aquí. Eso me ha dicho el médico.
Volverse a casa quizás sea de cobardes, pero es entonces cuando recuerdo que mi casa
no es mía, como nada de lo que he tenido. A la gente siempre se la lleva alguien menos tu,
el banco se queda con todo lo que la vida no te puede dar, y el hambre se lo lleva el sueño.
Pero si en algún momento, he tenido algo, algo que me ha dado la vida, que me ha alejado de
todo lo malo o simplemente si en algún momento un ninja matase a toda mi familia, podría
aguantar la compostura sin soltar una lágrima. Si esto fuese posible, es gracias a ellos.